Hola a todos, quería compartir con ustedes un cuento que en realidad escribí en diciembre del año pasado. Se llama la mesa negra, y ahora lo estamos usando en la escuela como guión literario para un cortometraje. En fin, espero que me den su opinión:
La Mesa Negra
Un hombre se hallaba sentado en el viejo e incómodo sillón de su difunto padre. Los acordes de una guitarra se mezclaban con una melódica voz que entonaba los versos de El gigante, y le provocaban una sensación tranquilizadora. La canción se sintonizaba en una vieja radio, que apenas reproducía sonidos con claridad, y resonaba en cada rincón de la enorme y solitaria casa.
La música que antes ocupaba la mente del hombre se desvaneció, dando paso a los asuntos que tan preocupado lo tenían. Abrió los ojos y contempló el estudio, todavía imaginando una mesa negra. Sus pensamientos volvieron a transformarse en las mismas palabras: “La clave de la cuenta bancaria que dejé a tu disposición, hijo mío, la que te salvará de tus deudas, está dentro de la única mesa negra que hay en casa”. Estas palabras son las que su padre había grabado en su testamento, cuando aún era de mediana edad.
- Hola, Daniel –dijo su madre, sobresaltándolo-. No te escuché llegar.
- Hola, mamá –dijo, levantándose-. Perdón por no saludar, es que no pude evitar quedarme escuchando esta canción. Me relaja muchísimo. Es una lástima que sus efectos sean tan poco duraderos.
- Te entiendo, hijo. A mí también me solía pasar, cuando la escuchaba con tu padre, pero ya no. Es difícil darse cuenta de cómo las cosas pierden su encanto con el desgaste de la periodicidad… de lo cotidiano –comentó ella, con la mirada perdida-. Es muy común que esto pase, incluso con…
Daniel dejó de escucharla. Estaba muy presionado por sus deudas. Comenzó con créditos pedidos a amigos y familiares. Para pagar esas deudas, pidió otros créditos a gente desconocida, que parecía amable a la hora de los negocios pero en realidad no era de fiar y no tenía paciencia ni piedad…
- ¿Me estás escuchando, Daniel? –preguntó la anciana.
Antes de que pudiera responder, alguien llamó a la puerta. Se disculpó y fue a abrirla. Se encontró con tres hombres en la escalera de la entrada. El del medio se adelantó un paso y con gesto irónico comentó:
- Hermosa mansión tienes, y aún así no nos pagas.
- Esta propiedad es de mi madre –contestó Daniel-, por favor no la involucren, ella no…
- ¡Me importa un bledo tu familia, Senduval, a no ser que no pagues tus deudas -interrumpió el hombre-, porque si no lo hacés, vos y tu madre no van a estar respirando mañana por la noche! Buenos Aires se mueve con el dinero. Sería mejor para vos empezar a moverte también –agregó.
Dicho esto, los tres se fueron en un automóvil. Daniel se despidió de su madre y fue a su casa, en la que vivía con sus padres cuando era joven. Tras unos cuantos vasos de alcohol y horas de lamentos, se fue a descansar.
El despertador sonó, como siempre sobre la vieja mesita de luz, a las nueve. Sin desayunar, Daniel emprendió su marcha a la mansión. En el camino, escuchando nuevamente El gigante en su automóvil, canción que ya no tenía efectos ante tan desmesurados nervios, pensaba “Hoy es el día. Todo acabó”.
Su madre estaba en la Iglesia. Decidió buscar la mesa en el ático como última esperanza. Buscó desesperadamente, pero mesas negras no había. Lo que sí encontró fue algo que le trajo recuerdos tan felices y lejanos en el tiempo que le parecían totalmente ajenos, recuerdos de juegos de su niñez: una soga, con la que jugaba con sus amigos cuando era un niño. Esa soga y una viga hicieron desvanecer todos sus problemas.
***
La dolida anciana llegó a la casa en donde desde ese día viviría. Tuvo que entregar la mansión a unos hombres contra cuya violencia no podría defenderse, después de contarles la desgracia de su hijo, y no sin maldecirlos y culparlos de la misma. Comenzó a desempacar sus cosas y a guardar las de Daniel, a excepción de las de su habitación. Recién después de pasada una semana se armó del valor necesario para entrar. Empacó su ropa y otras cosas para donarlas a un comedor. Sólo hubo dos cosas que hicieron a la vieja extrañarse: botellas de bebidas alcohólicas, ya que su hijo nunca bebía, y un papel que decía “Clave: Gigante”, que estaba en un cajón de una mesita de luz negra, que antes usaba el marido de la anciana cuando ambos dormían en esa habitación.
Daniel no se había dado cuenta de que ésa era la mesa a la que su padre se refería, porque el despertador la hacía demasiado cotidiana.
